Las voces, los gestos y las memorias que atraviesan este libro nacen en Santa Elena, al oriente de Medellín, a partir de una investigación personal sobre la cabuya. Ese oficio sostuvo durante décadas un pulso bajo, constante, tejido en la respiración de la región, y hoy permanece reducido a un rumor que se aferra a las manos que aún lo sostienen.
De mujeres hilanderas y hombres cabuyeros aprendí esto. El saber no se dice. Se encarna en la acción. En ese hacer se deposita una dignidad sobria y un silencio compacto que no reclaman explicación.
A mi editor Jaime Zapata Villarreal, sensible y riguroso, le debo más que correcciones. Su lectura fue compañía y resistencia. Supo atender sin irrumpir aquello que pedía permanecer intacto.
A quienes compartieron recuerdos, archivos y tiempo, mi gratitud, esa que no entra en inventarios ni deja rastro en los archivos. Este texto no es homenaje ni denuncia. Es un ejercicio de escucha frente a aquello que aún persiste.